“Las causas perdidas” (2023).
Hay algo en los ojos de las personas que luchan por las causas perdidas:
algo como una llama que duerme
en el último carbón del tren.
Algo como huellas en esculturas de Rodin,
en el mármol rebasado de polvo.
Algo como un panteón
que permite ver estrellas entre las rocas,
que permite que la lluvia caiga
y avive a las estatuas,
como si fuera la leche que cae sobre la harina,
pero en un movimiento inverso, en cámara lenta,
en el que el alimento se vuelve el foco
de toda fuerza que se derrama hacia el cielo,
mientras la arcilla se pega en esas pestañas,
en esos arcos de la guerra eterna,
convirtiendo las pupilas en bolas de nieve,
en iris de fuegos.
Hay algo en los ojos de las personas que luchan
por las causas perdidas:
algo como una bicicleta que avanza
entre pastizales.
Algo como raíces que hacen florecer
al mundo entero.

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